Misión en el desierto

Cactus

La luz roja del habitáculo se encendió.

- Preparado, Z: tres minutos para el salto.

A doscientos pies del suelo me dí cuenta que el piloto había errado un tanto los cálculos... No era momento de lamentaciones, cerré los ojos y apreté los puños. El cactus amortiguó mi caída. Tras haberme despojado de las cuatrocientas cincuenta y tres espinas, me dirigí al objetivo. Dos horas más tarde, cuando el calor se hacía insoportable, divisé unas palmeras y lo que parecía una tienda de beduinos. "¡Qué suerte, un oasis!" Apreté el paso y dos minutos después estaba frente a la jaima. En la entrada había un cartel que rezaba "Bar", y cuando me asomé vi a un señor con pajarita y mandil.

- ¿Un bar en medio del desierto? Esto es maravilloso... ¿Puede servirme una jarra bien fría de cerveza?

- Aquí tiene el señor. ¿No le apetecería un bocadillo de jamón para acompañar? ¿Y unas aceitunas? Gentileza de la casa, por supuesto...

- Hombre, que amable. Pues sí, sí me apetece... Pone un bar en medio del desierto y se permite invitar a la clientela... Es usted un buen samaritano...

- Teniendo en cuenta que esto es un espejismo y está usted desvariando, ¡qué menos que ser amable!

Me pellizqué las mejillas y caí en la cuenta que el calor me había perturbado. Me levanté del suelo, me sacudí la arena que estaba por toda mi ropa y escupí el escarabajo que me había metido en la boca. Proseguí mi camino y no tardé mucho en llegar al punto de encuentro con los compañeros de misión. Instalé un tenderete para protegerme del sol y esperé. Al atardecer ví en el horizonte a una caravana de camellos. Eran ellos. Perfecto. Saludé al jefe.

- Bien, señores. Monten el campamento y descansen; mañana a las 6:30 de la mañana empezaremos el plan.

Pasé una mala noche... ¿Era el miedo a las serpientes del desierto? ¿Los nervios previos a tan importante misión?

- El agente Tomíllez ha preparado el desayuno. Coman, coman, que les hará falta.

Dicho y hecho. El gran jefe Lelo J. Raminikov nos dió las últimas instrucciones:

- Fernández, usted cubrirá la retaguardia... Carrasquilla, será la sombra del número nueve... Z, usted se encarga de dirigir la vanguardia. ¡Ánimo muchachos!, hay que elevar la moral. Esta vez lo conseguiremos.

El día fue duro. Después de habernos tomado tantas molestias para que el enemigo no nos espiara, habíamos conseguido entrenar a puerta cerrada. Este año ganaremos la Copa Interagencias, y no caeremos en la primera eliminatoria como en los últimos tres lustros. Sólo nos queda encomendarnos a Santo Pelé... (¡Ejem!, por si acaso nuestro querido líder ya ha tanteado al contrario con un suculento maletín).

01.02.2008. 10:45